domingo, abril 06, 2008

Reciclaje industrial

Al final tuve que poner el listón más bajo. Por más experimentado y casi veterano que a veces pueda sentirme, en este nuevo medio casi podríamos decir que andamos en pañales. Así que las expectativas fueron bajando conforme el tiempo pasaba y nada salía. Project leader, asistant designer, arquitecto junior, delineante, subcontratado y cuando pensaba que más bajo no caería, practicante (léase becario, trainee, principiante, chuli). Todo sea por aquello de pagar derecho de piso. Y por empezar ya con lo que fuere, en vez de cruzarme de brazos hasta que caiga algo sustancioso.

Es así que, dentro de los límites del puesto en el que estoy, existen también algunas ventajas. Estoy aprendiendo de a poquitos a usar la Mac y el Vectorworks (aunque no me gustan ni uno ni otro), mis contratantes me están además pagando clases de holandés y para coronar el asunto, unas semanas atrás nos fuimos de excursión arquitectónica a tierras germanas.

Essen y Colonia fueron los objetivos, aunque la travesía tuviera un preludio en la estación de tren de Arnhem, obra de UNStudio, que, aunque aún sin concluir, promete bastante. Essen como ciudad más bien carece de gracia, así que enrumbamos rápido hacia el norte. El motivo era visitar el complejo fabril Zollverein, alguna vez dedicado al carbón y que dejó de funcionar hace varios años, ahora en proceso de reconversión en centro cultural y de esparcimiento, un fenómeno que se está extendiendo en tantas otras zonas del oeste de Alemania. Así empezamos en el cubo perforado creación de Sanaa (aka, Kazuyo Sejima + Ryue Nishizawa), o la escuela de diseño. Aparte de lo que se puede ver por fuera, con esa distorsión de niveles que los vanos aleatorios (a ver quien me dice cuantos pisos hay dentro?), por dentro los corredores son circundantes, dejando los espacios al medio. Espacios diáfanos y a veces monumentales, solo interrumpidos por un par de columnas poco agraciadas que ayudan a salvar la luz. Nos queda la última gracia en la azotea, en donde el techo de la misma conforma la quinta cara del cubo, dejando un espacio abierto con peculiar juego de sombras, que se disfrutaría mejor en verano.

En cuanto a la ruina fabril en sí, pasamos por la irónicamente llamada "Torre Eiffel" por los lugareños, en el que fuera el acceso del personal al recinto, de una geometría tan precisa como monótona ("form follows function" era la premisa de aquel entonces), apurando el paso hacia el enorme edificio que acogerá las salas de exposición, la otrora planta de refinamiento de carbón, obra de remodelación a cargo de OMA (aka Rem Koolhaas). El trayecto empieza desde arriba y luego a tientas entre los inconclusos y oscuros espacios en el vientre del monstruo. Por lo pronto el naranja neón de las escaleras interiores le dan un insospechado toque psicodélico. Como para repetir la visita cuando la cosa esté sobre ruedas.



Terminado el baño de herencia histórica (de alguna manera), nos quedaba la última visita, esta vez en Colonia, un poco más al Sur y el motivo el nuevo museo de Peter Zumthor. En la línea de lo que ya me comentaba uno de mis colegas en la oficina, fan incondiscional del suizo, la arquitectura de este hombre hay que experimentarla para entenderla mejor. Podría haberme quedado una eternidad en aquel espacio de doble altura, luz cenital y los cuadros de cartón de Chillida en frente.

Mientras nos sobraba tiempo entre que nos reuníamos con el resto del grupo y la hora de la cena, terminamos dentro de la famosa catedral gótica que motiva el viaje de varios turistas. Una vez dentro, luego de que una señora de morado y seño fruncido me indicase de malas maneras que me quitara el gorro, comprobé una vez más lo poco que me dicen estos opresivos interiores eclesiásticos.

miércoles, enero 30, 2008

Marcando tarjeta

Los que ya me conocen sabrán que para mi el tema del transporte público es algo que me interesa desde hace tiempo. Tal vez a raiz del nefasto combi-sistema que funciona en mi ciudad natal. Tanto así que hasta tema de tesis fue en el Master que nunca terminé cuando aún andaba por Barcelona.

Es así que tiempo antes de mudarme a los Paises Bajos y cuando iba a éstos solo de visita, encontré bastante peculiar el método utilizado para pagar los viajes en tranvía. Uno tenía que cargar con una tira larga de papel azul con espacios rectangulares en blanco e introducirla en unas maquinitas (similares a las que uno usa o usaba -a mi me tocó alguna vez- en algunas oficinas, de preferencia estatales, marcando sus horarios de entrada y salida), calculando previamente el número de zonas que iba a atravesar en su trayecto, para así darle el doblez en la línea divisoria entre los espacios ya mencionados que correspondan, siempre uno más que el de zonas a recorrer (2 zonas=3 espacios, 4=5 y así) ¿Complicado? Ya mudado aquí logré de alguna forma adecuarme y descubrir al mismo tiempo el novísimo y modernísmo sistema, destinado a dejar la tira de marras como elemento de museo: la OV-chipkaart.

En teoría más simple, el nuevo dispositivo funciona como una tarjeta de débito, consta de un chip, que al pasarse por un lector, ubicado ya sea dentro del convoy o a pie de las estaciones, automáticamente se descuenta la cantidad de dinero correspondiente a la ruta a seguir. Pero como en Holanda las tarifas pueden variar bastante entre una parada y la otra, uno tiene que pasar la tarjeta al subirse y al bajarse del tranvía. El asunto es que hasta ahora el sistema sigue en periodo de prueba (solo funciona en Rotterdam y en el metro de superficie que lo une con La Haya) y está siendo objeto de duras críticas. Por un lado, lo de pasar la tarjeta al bajarse. Si uno anda apurado o distraido (heme aquí) lo más probable es que se olvide y en ese caso le tocará la gracia de pagar como si hubiera hecho el trayecto de un extremo al otro del recorrido total. Por otro lado, también se ha hablado de la invasión de la privacidad, al quedar registradas las salidas y llegadas que uno hace a diario mientras se mueve por la ciudad, pudiendo usarse esto vaya uno a saber con qué fines.

Pero lo peor de todo es que hace muy poco unos estudiantes de informática demostraron ante cámaras lo fácil que era crackearles el sistema y poner dinero virtual en la misma por cualquier cantidad. Así que ahora se rumorea que seguro el ministerio tendrá que dar marcha atrás y tal vez hasta retirar las sofisticadas tarjetitas y lectores de circulación. No queda otra que resignarse a seguir usando la tira de papel que siempre se me hace un enrollado en el bolsillo.

jueves, enero 03, 2008

Sweet Lake City


Nos mudamos, al fin y al cabo. 2 meses y medio arrimados con los suegros fueron suficientes y, sin planearlo con mucha antelación, hemos terminado en Zoetermeer, que hasta no hace mucho antes de decidir la partida hacia los Países Bajos, el que escribe no sabía ni que existía. Y resulta que la ciudad en cuestión (cuya traducción sería "lago dulce", que ahora se llama Noord Aa y que en la actualidad se ha reducido a una lagunita y no, todavía no lo pruebo) tiene al menos unos 1000 años de existencia. Primero como un pueblito medieval de pescadores y granjeros y en los más recientes 60s en una alternativa de vivienda para la gente que trabajaba en La Haya, de la cual queda a una distancia relativamente corta. Y desde allí ha ido creciendo hasta lo que es hoy, que alguna gente llama "The Dutch Silicon Valley", por la importancia que la informática al parecer tiene por aquí. Hasta aquí el plaje de la Viky (aka, wikipedia).

Para mi, lo primero que me viene a la mente es el estrambótico puente peatonal de sección abovedada, que más bien parece un corredor interespacial y que está situado al lado de la estación de tren. Luego, que las calles son casi todas serpenteantes y en anillos. Se nota que el urbanista se debe haber divertido de lo lindo dibujando con sus serchas y compases. Para quien no es de aquí, fácil perderse si no hay mapa. Aún me falta recorrerlo un poco más, pero lo visto hasta ahora no me desagrada. Y es tranquilo, algo que en esta etapa de mi vida ocupa una importancia que antes no hubiera pensado.

Pero ahí no acaba la gracia. Nos hemos mudado a un Centraal Wonen, que en pocas palabras es un lugar de vida en comunidad. Por más que en el edificio están los departamentos separados, como en cualquier otra finca común y silvestre, aquí se establecen comités y se espera de los inquilinos una participación activa para con la vecindad. Cosas como limpieza, jardinería y hasta cocina, ya que tienen un bar-comedor que se usa con cierta frecuencia. Y las responsabilidades se van rotando. Entonces, por más que ni nosotros mismos estábamos convencidos de la opción, la comunidad (secta, dirán otros) nos sometió a un par de reuniones-interrogatorios en donde se aseguraban que nosotros éramos idóneos para formar parte del grupo, en los que no nos quedó otra que demostrar entusiasmo desbordado y soltar algunas mentirillas como que nos encanta la idea de la vida en comunidad y que nuestra estancia sería larga. La paradoja está en que nuestra elección fue más guiada por el precio que por lo otro, por más que al final las condiciones terminaron siendo casi las mismas a las que si hubieramos optado por un piso de los "normales". Aquí también tuvimos que lidiar con una inmobiliaria y no, la cosa no fue muy grata. Volviendo a las responsabilidades asumidas, ya me he ofrecido a cocinar algún plato peruano para los (probablemente) 20 o 25 comensales. Algo que jamás he hecho y espero no fracasar en el intento, ya que además me tocará hacerlo al menos 1 vez cada 2 meses. Sobreviviremos?

martes, noviembre 13, 2007

Madrid, Madrid (parte 2)


- Perdoname, vos sos de aquí?
- No

Una señora mayor con las gafas en la punta de la nariz y de mirada cansada recibe la respuesta como un punto a favor, acercándoseme un tanto más y bajando un poco la voz.

- Decime, vos sabés de arquitectura?
- ... (momentos de duda) si (con poca convicción)
- Es que le estoy buscando un libro a mi hijo que es arquitecto, viste? Y no sé si me podrías orientar

En esos momentos ya me había hecho del penúltimo número de la 2G, dedicada íntegramente a la obra de Eduardo Arroyo y no dudé en mostrársela añadiendo:

- Si lo que busca es arquitectura española contemporánea, yo creo que éste es su mejor exponente.

La hojea con desprecio y luego me aclara que ella busca otra cosa, que su hijo lo que hace son remodelaciones de viviendas y cosas similares. Fin de la conversación.

Esto no tuvo lugar en Madrid, si no más bien en la sección de arquitectura de la FNAC del Triangle de Barcelona, y me ocurrió poco antes de viajar. Me hubiera gustado incluir un trabajo de Arroyo en esta sección, pero ocurre que lo poco que tiene construido está en su tierra de origen, el País Vasco, por más que su oficina la tenga en Madrid, que tuve la oportunidad de visitar años atrás, con la excusa de orientación para visitar las obras, cuando yo más bien lo que quería era husmear el laboratorio, bastante reducido y que en su momento no eran más que 2 personas y unas 4 computadoras. Un periplo similar me llevó también a las puertas de Abalos y Herreros, aunque en este caso con cita previa, gracias a las migas hechas por mi antiguo jefe con Iñaki Abalos, una de las cabezas del estudio. Allí la actividad se veía mayor y un muy servicial y atento Iñaki me dio las indicaciones para que me dejasen entrar en la obra de la Biblioteca de Usera, que al final no tuve tiempo de visitar. Hasta ahora.

Antes de ello y casi por casualidad, nos dirigimos hacia el pabellón de gimnasia del Parque Retiro, también de esta gente, que ya en proyecto no me entusiasmaba mucho, en persona tampoco. La mayor gracia del mismo consistía en tener una (o más de una?) cancha de tenis descubierta en el techo del gimnasio. Aparte de eso, la cosa pasaba bastante desapercibida. Bueno, tal vez esa fue la intención. Por cuestión de agenda, la visita a Usera me quedó para el último día de estancia y la impresión en este caso si fue positiva. Con un claro bajo presupuesto, y en un parque donde el público es mayoritariamente de tercera edad (hasta zona de ejercicios tienen), el paralelepípedo encuentra su sitio, serial y limpio, solo roto por los planos de concreto que se abren cual puertas, que por dentro posibilitan las inmejorables vistas desde las salas de lectura. Una lástima que la ruta de su obra no la hubiese podido seguir con la visita a la Plaza de Colmenarejo, bastante más lejos de mis cálculos iniciales.

Como el día tocó de bibliotecas, la siguiente parada fue el Archivo General de Mansilla y Tuñón hermana en racionalidad a la anterior expuesta, pero opuesta en lo que a presupuesto se refiere. Bastaba nomás ver las puertas machihembradas de bordes de acero inoxidable, incluso en los baños. Nota en contra que una mujer-sargento te indique de malas formas que con mochila no se puede entrar. Y una pena poder recorrer únicamente la biblioteca, que es tan solo una parte de un complejo bastante mayor, con ese recubrimiento en u-glass como elemento unificante. Y si de Abalos y Herreros hablaba de lo alejado de Colmenarejo, acá tocará lo propio si hablamos de la Musac. Trasladarse hasta León ya hubiesen sido palabras mayores. Aunque la obra ya de por sí puede justificar un desplazamiento de ese tipo.

Ultimas horas y últimas fotos, con motivo del T4 de Richard Rogers. Si me dicen que elija a alguno de los divos del hight-tech, me quedo con este señor, al que pongo sin dudarlo por encima de Foster y el horrible proyectil que le hizo a Londres, o Renzo Piano y sus despóticas leyes impuestas al que quiera entrar a trabajar con él. El no te paga, tu le tienes que pagar a él por el honor que esto significa. Hecha la aclaración, el de turno es un terminal de aeropuerto como pocos, que ayuda a llevar mejor las esperas. Si miro esto y lo comparo con lo que será el nuevo Terminal Sur de Barcelona, en el cual me tocó trabajar en algo nada arquitectónico, no puedo si no apenarme. Habrá que verlo terminado, es cierto, pero luego de haber visto planos y bocetos, puedo constatar que hoy en día si se ve a Ricardo Bofill al frente de un proyecto, esto será sinónimo de naúseas.

lunes, octubre 22, 2007

Madrid, Madrid (parte 1)

No, ya está claro que no lo iba a hacer. Esta peregrina idea de iniciar un segundo blog, bueno un tercero (si cuento el que tengo compartido) dedicado a mis incursiones en búsqueda de arquitectura contemporánea no iba a prosperar. A duras penas tengo este segundo, que no lo actualizo como debiera. Así que mejor agregarle un tema más al sancochado que aquí mantengo.

Hace poco estuvimos por Madrid, como parte de un corto viaje que también nos llevó por la isla de Mallorca. Viaje que supo un poco a despedida, al coincidir por fecha con mis últimos días en la península. Y me tocó volver a Madrid luego de 5 años, momento en el cual iba de mochilero y esa ciudad me salió de inicio de recorrido. En esa primera y satisfactoria visita pude hacer un primer recorrido de obras recientes, el cual incluyó un par del dúo Sancho y Madridejos, ambos a las afueras de la ciudad, unas piscinas de Mansilla+Tuñón, la estación de Atocha de Moneo y alguna que otra cosa más que no recuerdo.

Esta vez nos instalamos en casa de unos amigos venezolanos ubicada en Las Tablas, en la zona norte, cerca a Alcobendas, a 1 hora en metro del centro, para que se hagan una idea de lo que se ha extendido esta ciudad. Así que el recorrido empezó al día siguiente, luego de un decepcionante vistazo a lo que Jean Nouvel le ha hecho al Reina Sofía. Uno no se explica cómo algo que tenía tan buena pinta en maqueta pueda haber terminado en un producto tan tosco. Nouvel, pues. Pero al menos el moverme por ahí me llevó a toparme de pura casualidad con la que parece ser la obra estrella del dúo Herzog & De Meuron, el nuevo Caixa Forum de Madrid, que por más que no está terminado, ya se puede empezar a saborear. Como se vé, a una construcción antigua le han sacado el zócalo, y le han hecho la estructura de tal forma que el armatoste se sostiene en unos pocos pilares, dando la impresión que todo flota. Y en el remate le han puesto la chapa perforada/oxidada, a manera de imitación formal de los tejados vecinos. Me emociona menos el muro verde que cierra la plaza de acceso, que tal vez tendría más gracia si la vegetación continuase en la explanada. De todas formas el ver el bicho terminado es casi una razón suficiente para volver en un futuro.


La visita arquitectónica continuó un par de días después, ya que en medio nos quedó el viaje a Toledo. Esta vez la meta era visitar el edificio de viviendas de MVRDV en San Chinarro, que parece ser parte de un plan aplicado también en otros distritos "nuevos" de la ciudad, este de traer arquitectos de renombre para el diseño de edificios de protección oficial. Supe, por ejemplo que había otro de Morphosis en Carabanchel, el cual no tuve tiempo de visitar. Así que con ayuda de nuestro guía Chiquilín nos adentramos en la zona norte residencial, que claro, tonto yo, no me había dado cuenta que quedaba a muy corta distancia de donde estábamos alojados. Desembarcamos del autobus al divisar al frente el portal aquel con el agujero al medio, que tanto nos hace acordar a aquel edificio de la palmera y la piscina, obra ochentera de Arquitectonica y que servía de imagen en los créditos iniciales de la serie Miami Vice. Nos habían contado que no se podía acceder al espacio en cuestión, la guinda de esta gracia del estudio holandés, pero, como buenos peruanos, procedimos a colarnos, aprovechando el descuido de unos infantes que jugaban en el terral del frente y que dejaron la puerta de la calle abierta. El siguiente paso fue descifrar en que piso se encontraba el coso, algo que nos tomó 2 o 3 pruebas antes de dar con la puerta enrejada que daba a este exterior/interior y que, claro, estaba con llave. No problem, 1 piso más arriba dimos con una ventana a media altura que nos sirvió igual de acceso a este espacio que al perecer los vecinos no le ven mayor gracia que la excusa de los visitantes con gustos arquitectónicos para meterse en su propiedad comunal. Y habrá que ver también como son los depas por dentro. Pero igual está bacán ¿O no? Al lado del mismo y con más bien un perfil bajo esta otra obra de los mismos MVRDV que no deja de tener gracia. Un gran bloque de viviendas que se enrolla alrededor de un gran espacio común. Ahí si no nos metimos.

lunes, setiembre 17, 2007

malacostumbring


A partir de hoy, bueno, teoricamente a partir del 15, o sea sábado, o sea a partir de hoy, lunes, entra en vigencia una nueva ley de regulación de circulación de vehículos, en el que se hace especial hincapié en las bicicletas. Hoy leí que además en parte por culpa del novedoso y supuestamente exitoso sistema del bicing que puso a rodar el Ajuntament este año, es que se apura la ley esta, que no deja de ser bastante objetable.

Barcelona quiere presumir de ser la ciudad española más europea y lo hace sobre todo en la explotación de la imagen y muy pocas veces en el fondo. Cuando recién llegué se acababa de inaugurar el tranvía, como un ejemplo de transporte ecológico. Muy simpático y cómodo el bicho, pero habría tenido más sentido si éste atravesase toda la ciudad a lo largo de la misma, por la Avenida Diagonal, y no estar en la misma avenida partido en 2, con un gran hueco al medio, dando preferencia al que sigue siendo el rey: el automovil particular.

Y ahora viene la promoción del uso de la bici. El bicing no es otra cosa que un servicio de bicicletas al cual se accede con una tarifa anual bastante accesible y con una tarjeta con la que se puede sacar bicis de un estacionamiento y devolverlas en otro que esté cerca del destino del usuario, en un tiempo no mayor de 30 minutos. He de reconocer que en principio miré el asunto con distancia y finalmente me decidí a inscribirme pensando en las posibles visitas, con lo que les aseguraríamos un transporte gratuito y simpático en sus estancias. Y al final hemos terminado usando el servicio nosotros mismos. Pero claro, tiene fallos.

Para empezar, el área de servicio se reduce solo al centro de la ciudad, léase Casco Antiguo y Ensanche, quedando fuera distritos emblemáticos como Gracia, Les Corts o Poble Nou. Además de eso, las estaciones de la parte superior de la ciudad están por lo general con escasas bicis disponibles, mientras que las próximas a la costa o las más céntricas están llenas. Entonces no hay bicis suficientes para quien quiere bajar y si luego uno baja es probable que tampoco encuentre lugar donde dejar la bici. Hay camionetas reponedoras, pero suelen ser insuficientes. El otro día se nos ocurrió jugar a ver a quién le dejábamos estacionar. Salíamos del cine a mediodía un domingo y en uno de los estacionamientos más saturados había 5 personas esperando a que alguien se digne a sacar alguna bici y así ellos poder dejar las suyas. Preferían esperar ahí bajo el sol estoicamente en vez de irse cuatro calles más allá donde seguramente habría espacio. Roos y yo paramos la marcha y nos sentamos en una banca a observar, retrasando el regreso a casa, solo por ver las reacciones de los ya mencionados. Crueles, ya sé.

A esto otro le sumamos los errores en el sistema que ocurren a menudo, como desconexiones de red o, mi favorito, el sistema mentiroso. Uno llega feliz de la vida viendo que quedan 2 o 3 bicis libres pone la tarjeta y la pantalla le dice que no hay bicis disponibles. En otras palabras lo que uno ve son hologramas, engaños de su imaginación.

Volviendo al tema, la reglamentación anti-bicis en cuestión tiene entre varias de sus gracias prohibir que uno ate la bici a un árbol o mobiliario urbano que no sea los estacionamientos reglamentarios que ahora han aumentado en cantidad considerable, pero aún insuficiente para la cantidad de ciclistas que circulan en la actualidad. En fin, esa puede pasar, aunque no deja de ser una razón meramente estética. Queda feo una bici encadenada a una banca o un árbol, pensarán. Pero la peor de todas es la que obliga al ciclista a circular por la derecha (hasta ahí vamos bien) a menos que en la calle haya un carril bus. En ese caso la bici debe circular a la izquierda del mismo. Traducción: Le toca a la bici ir al medio de la calzada, con autobuses y taxis a la derecha y motos y autos varios a la izquierda, convirtiendo al ciclista en el perfecto relleno de un sandwich ¿Se habrán detenido un rato las autoridades municipales a pensar en esta ley? ¿Habra algún ciclista entre ellos? ¿Hará falta que haya accidentes para que rectifiquen? Mucho bicing, nuevos parkings y demás y lo más importante, los carrilbicis, siguen igual desde hace años, incompletos, insuficientes y, hasta algunos, mal trazados. Yo la ley esa la estoy cumpliendo hasta ahora, por más que da una sensación extraña ir al medio. Supongo que luego de manejar la bici por tantos año en Lima (donde sí que es temerario ir a pedales) me debe haber servido para estar bastante curtido al respecto.

viernes, agosto 17, 2007

En el dolor hermanos

Tengo recuerdos borrosos de la única vez que visité Pisco. Tendría menos de 10 años y fui acomplándome a Tito Flores Galindo y su familia. El desaparecido historiador fue como un tío adoptivo para mi por mucho tiempo. En cada viaje que hacía me traía legos (mi obsesión en aquella época) y libros de aventura (que nunca me gustaron, lo he de admitir). Seguramente fuimos a ver algún museo o algo similar. Pero yo solo tengo fogonazos de recuerdos. Su infaltable escarabajo celeste con las lunas traseras abovedadas, que se pusieron un poco en boga por aquel entonces, en el que fuimos hata allí. Recuerdo un intento de robo o robo consumado, cuando estábamos entrando (¿o saliendo?) de un restaurant, verlo a Tito correr detrás del agresor sin mayor suerte y luego volver. No me acuerdo de la ciudad, ni de la plaza y sin embargo tengo claro haber tomado kola inglesa en el restaurante aquel.

Años más adelante pasé por ahí, en un autobús en pésimo estado y lleno de gente, en mi ruta hacia Arequipa, que sería mi primera parada del primer viaje que hice de mochilero, que duraría 2 meses y me llevaría por Bolivia, Argentina, Uruguay y Chile. De la misma forma pasé por Chincha y por Ica. En Ica mi hermana trabajó por varios años en la siembra de espárragos. Nunca la fui a visitar, pero ella venía religiosamente a Lima cada fin de semana, 4 horas de ida y 4 de regreso. Paracas siempre quise conocer y, por algún motivo u otro, nunca se dio la oportunidad. Aún tengo por ahí una toalla viejísima con el estampado de un flamenco y "Paracas" al lado. Me hubiera gustado estar cerca a La Catedral, aquella formación rocosa que asemejaba un gran arco gótico. Por Nazca pasé también muy rápido. Me pareció casi una broma que haya en el medio de la nada al lado de la carretera un mirador, que más parece la torre de un salvavidas y que dicen solo te permite ver el dibujo del mono.

El otro día veía en el telediario que había ocurrido un terremoto de 5,1 en la escala de Richter, causando daños en algunas poblaciones de La Mancha y que se había sentido incluso en Madrid y Valencia. Yo lo miraba con media sonrisa, diciéndome para mí mismo, temblores (porque terremoto eso no es) los que hay en mi tierra. Un par de días mas tarde el tiempo me da ha dado la razón de una manera macabra.

jueves, agosto 02, 2007

Noches de ollas

Tengo que hacer memoria para recordar el último apagón general que me tocó. Creo que tendría que remontarse hasta inicios de los noventa en Lima, cuando los atentados que Sendero Luminoso hacía se sentían con mayor fuerza en la capital. Bombazo, torre de alta tensión abajo y corte de electricidad. Que casi siempre conllevaba al corte de agua y de allí que los recuerdos más que de las noches a velas sea de duchas con balde y jarrito. La fuerza de la costumbre nos hizo asumir los hechos de forma resignada.

Barcelona, 15 años más tarde: Apagón. Más de media ciudad sin suministro eléctrico. Semáforos e iluminación pública incluidos ¿Sabotaje? No, la cosa es bastante graciosa. Se soltó un cable en una estación eléctrica de la zona oeste de la ciudad y jodió los generadores de la zona este. Las empresas Fecsa-Endesa y la Red Eléctrica Española hasta el día de hoy se echan la culpa mutuamente, que el cable le pertenecía a una, que la otra no hizo caso a fallos anteriores, que el Estado no invierte en Cataluña, que negligencia, etc. En casa nos resignamos a comer pan (la cocina es eléctrica) e irnos a la cama temprano, cuando en eso un ruido lejano nos causó extrañeza. Curiosidad que crece cuando se acerca y constato lo que sospechaba. Gente empuñando y golpeando ollas y sartenes, al grito pelado de "¡Queremos luz! "¡Queremos luz! ¡Queremos luz!". No, no es broma.

La cacerolada se repitió por 2 noches más. A nosotros nos tocó la suerte de tener la luz de vuelta al día siguiente, pero hubo gente que estuvo 3 o 4 días desconectada. Pensemos que la gran mayoría organiza su dieta semanal en base a sus congelados, que ya sabemos a donde fueron a parar, por no mencionar lo que pasó en restaurantes y bares. A servidor solo se le malogró el tofu. Como el freezer del chiste que tenemos por refrigerador (problema de diseño, más no de antigüedad) no congela y se limita a botar hielo, lo que si nos pasó fue tener el piso de la cocina inundado.

Ahora media ciudad funciona en base a generadores temporales de gran tamaño que funcionan a gasolina (traducción: grupos electrógenos), que están puestos por todos lados. Así que si te tocó la suerte, no solo tienes un motor en constante funcionamiento al frente, si no, a veces, hasta humaredas negras que se elevan y crecen de forma alucinante. Y así dicen que estaremos por al menos unos 3 meses, en donde no se descartan que haya más cortes eléctricos.

Hace un año fue el aeropuerto. El personal de tierra entró en huelga súbitamente y bloqueó las pistas de aterrizaje, ocasionando lo obvio. Ahora esto. Y yo todavía sigo oyendo a la gente que reclama "¡Esto parece el Tercer Mundo!".

martes, julio 03, 2007

Colisión en curso

"Señores pasajeros, les avisamos que debido al desacarrilamiento de un tren SIN PASAJEROS el servicio se verá afectado..." Así hacían la acotación, poniendole énfasis al tema del convoy vacío. Puesto de otra forma: "La hemos cagado, pero no tanto". Me sentí de lo más idiota parado en el andén con la bici a cuestas. Hacía muy poco que había encontrado la alternativa ideal para llegar a mi nuevo lugar de trabajo (así es, cambiamos otra vez), sin tener que depender de alguien que me lleve y traiga. Tardaba casi 1 hora, pero tenía su gracia intercalar los trayectos entre el tren y la bici. Por otro lado, ya había visto en las noticias que últimamente el servicio de tren de cercanías dejaba bastante que desear. Incidencias de diversos tipos causaban demoras en las distintas rutas del servicio de RENFE. Pero claro, uno no les presta atención, hasta que te toca.

Casi a tientas desembarqué en Sants, la estación principal de la ciudad, y, una vez en la calle, terminé atrás de una multitud que se arremolinaba en frente de 2 autobuses de turismo, que suplirían la ruta del tren trunca. Esto, por supuesto, sin señalización ni gente que te oriente. Había unos 3 o 4 guardias de seguridad, que eran los que controlaban el embarque de todos los que nos quedamos tirados por la gracia del tren y que conforme pasaban los minutos crecíamos en número alarmante. Mientras tanto me preguntaba cómo diablos meter la bici entre la muchedumbre y poder coger asiento al mismo tiempo. Así que me instalé al lado de una chica presumiblemente estadounidense (pero de bastante correcto acento español) que tenía el mismo problema de la bici a cuestas. Al frente nuestro vimos como un guardia parado en la puerta de uno de los buses le pedía a la gente que hiciera cola mediante gritos. A lo que nadie hacía caso, todos querían subir cuanto antes. El colmo fue cuando el guardia desesperado se dirigió a un tipo que con mucho esfuerzo trepó a la puerta y le obstaculizó el paso, alegando que se había saltado la cola...¿Cuál cola? Al parecer una que solo el guardia podía ver, entre la masa de seres humanos empujándose unos a otros. Adivinen de qué raza era el individuo al que no dejaron subir.

3 o 4 buses más tarde, mi compañera de turno y yo al fin pudimos convencer tal vez al único guardia sensato en el lugar, para poder meter las bicis en la bodega de equipaje y así salir de una vez por todas del barullo. Un tercero en bici se quedó atrás por lento. De esa forma, bastante tiempo más tarde, terminé en la estación de Gavá, una más allá de mi destino. Momento en que agradecí traerme las ruedas, y que además estas sean de una mountain bike. La ruta que hice fue un camino de tierra que seguía en paralelo a los rieles. Así que hasta su gracia tuvieron al final mis 2 horas de tardanza al trabajo. Más tarde vería que lo mío fue simple anécdota, ya que la vía cortada no se reestableció hasta el lunes siguiente, lo cual inplicó que muchas personas perdieran vuelos (la misma ruta llevaba al aeropuerto). Tuvieron que poner a más de 100 operarios para desmontar el tren, vagón por vagón y tener la cosa lista en un fin de semana. Y todo porque al gracioso del chofer no se le ocurrió mejor idea que meterle el queso en una vía de circulación lenta. La vía tenía como límite 30 km/h y el émulo de Fernando Alonso iba a 125. Es que hasta en el tren.

domingo, mayo 27, 2007

Motores

El otro día me fui a transformar mi peruanísimo brevete en un comunitario permiso de conducir. Lo podría haber hecho muchísimo antes. Creo que el convenio se firmó cuando la administración Toledo aún coleaba y a poco tiempo de mi llegada a estas tierras. Por lo que toca decir que conducir nunca ha sido una de mis prioridades, ni aquí ni allá.

No obtuve la licencia hasta los 25. No porque haya sido tan bestia que me la pasé desaprobando la prueba. Nunca tan inútil. Al menos en ese campo. Simplemente antes no tuve la necesidad. Aquella desesperación que asalta a casi todo adolescente cada vez de forma más prematura, para mi pasó desapercibida. Yo siempre (o casi siempre) fui más dado a la bici. Incluso en el caótico y violento tráfico limeño, donde sin miedo me hacía lugar entre combis, taxis y demás engendros. La necesidad de manejar simplemente me tocó cuando me cansé de depender de otras personas a la hora que había que volver a casa luego de la correspondiente noche de fiesta. Y también porque me cansé de tener que soportar al transporte público en trayectos largos.

Por otro lado, el auto siempre lo tuve, ahí al frente, un escarabajo más viejo que yo, que por varios años hizo las veces de maceta, entre mi rechazo y el miedo de mi madre por volver a meterse en el tráfico nuestro de cada día. Así que, ante mis nuevas necesidades, poco a poco lo fui parando y casi sin darme cuenta le fui agarrando cariño. El mismo auto que mi madre recibió de mi abuelo, que mi padre usó con fines políticos (militando) y laborales (haciendo taxi), que fue robado y milagrosamente recuperado. El auto en el cual mi madre nos llevaba al colegio en San Isidro, o a la Herradura tempranito por la mañana los fines de semana. El auto que pasó a ser mi propiedad (al menos a nivel escrito) por decisión de mi abuelo y que con mi ausencia ahora está en manos de mi hermanita, que lo mantiene fit, aunque aún puedo ver la abolladura que un imbécil me dejó de despedida antes de zarpar, no sin antes asegurarme que me lo iba a pagar.

Cuando regresé a Lima el año pasado me sorprendió la cierta facilidad que tuve en volver a utilizarlo. Esto sin contar que mis rutas alternativas se me fueron borrando de la memoria. Y que hasta olvidé por donde se le metía la gasolina! Lo básico lo he sabido mantener. Sin embargo, no me veo cómodo al coger el volante de uno en suelo europeo. Bueno, tampoco lo he intentado. El transporte público en Barcelona, aunque tiene sus bemoles (nada es perfecto), funciona bastante bien. Y en teoría hay intenciones de fomentar el uso de la bici. Pero la mentalidad de la gente por aquí sigue siendo pro-vehículos-quema-gasolina. Basta ver la gran afición que tiene la Fórmula 1 o la moto GP. O por qué el automóvil sigue siendo ese objeto de estatus-felicidad.

El otro día algunos de mis compañeros de trabajo discutían en la sobremesa qué coche les gustaría tener, y cada uno tenía una preferencia bastante clara (marca, modelo, color y sabor). El cuestionario no pasó por mis manos y yo sólo me acordaba de mi muy-muy y me afirmaba que el momento que nos toque conseguirnos uno, que no nos quede otra, tendrá que ser de los de hidrógeno.